Poco a poco voy cogiéndole el gusto al buceo y este año creo que me he consagrado como amante del mundo submarino... Pero no a cualquier precio.
He tenido la suerte de visitar el L´Oceanográfic este verano y se amontonaron en mi cabeza un montón de reflexiones y de sentimientos. Ver animales cautivos me produce una tristeza indescriptible que se contradice con la oportunidad de poder observar especies que nunca antes había podido ver tan de cerca. Parece que con los peces esa pena disminuye aunque, desde que empecé a bucear, me parece igual de cruel ponerle límites a las aletas. Me encantó conocer este enorme acuario, pero mi visita terminó en llanto al llegar a las instalaciones del Ártico. Realmente lo que más deseaba era ver a las belugas pero sabía que el impacto que me iba a causar no iba ser positivo. La hembra daba vueltas y en cada una de ellas chocaba sucabeza contra el mismo cristal. Su melón tocaba la pared y del choque se iba levemente hacia atrás. En cada recorrido ella buscaba seguir hacia delante y cuando no podía volvía a resisgnarse a su cautiverio. El macho, capturado directamente del mar, simplemente flotaba en la superficie y se limitaba a sacar la cabeza para respirar. Ese animal me transmitió una enorme tristeza y generó en mi una pregunta inevitable: ¿Por qué está ahí? ¿Por qué se le ha privado de su libertad?


[La foto es de Jofre Ferrer]

La respuesta que debiera serenarme sería que para educar a las personas y concienciarlas de la importancia de conservar todos los rincones de nuestro planeta. Sin embargo, como educadora ambiental que soy, me parece que ese animal no transmitía ese mensaje. Era un espejo de lo que somos capaces de hacer por marcar la diferencia y ganar dinero con los animales. No era educativo sino cruel tener a la vista de todos a un ser vivo sufriendo para que otros que se creen más inteligentes se hagan fotos con él y encima con flash por mucho que nos lo prohiban.